El mundo evoluciona. Científicos y médicos de todo el mundo se dejan día a día el sudor, el esfuerzo y las lágrimas en encontrar soluciones que nos permitan superar nuevos problemas y curar enfermedades. Eso sí, no todo es tan fácil como parece. De vez en cuando interviene a modo de feedback un elemento que retroalimenta la ciencia y es causante de su impulso en muchos países: las farmacéuticas.

Así como esta industria se ha visto involucrada en medicamentos realmente inútiles, también se encarga de dejar a otros en fuera de juego. Es decir, pasamos de comercializar vacunas inútiles (Gripe A) con adyuvantes no probados, a esconder vacunas que pueden sí pueden ser útiles.  El caso es que estas instituciones, a través de una coalición se encargan del control del mercado sanitario. E aquí su papel: dejar a la ciencia en el trasfondo. Y cuando un medicamento, se distribuye libre y sin patente pasa a una esquina de la mesa. Da igual si se trata de un plato fuerte o no, aquí se suprime o se esconde y  se ignoran los problemas con los verdaderos afectados.

El caso del Dr. Patarroyo es un ejemplo digno de nombrar en esta entrada. Estableciendo un símil científico con la Reforma Luterana, Patarroyo publicó un decálogo en Chemical Reviews con las bases médicas del remedio infeccioso general. De esta forma él mismo consiguió dos vacunas contra la malaria, la última de ellas con una cobertura sorprendentemente buena (>90%). Y no sólo eso, sinó que las mismas bases que ya publicó sirven para otras 500 enfermedades que azotan el cuerno africano y hasta entonces sin remedio. Patarroyo decidió publicarlo libremente, sin vender patente, registro de distribución ni otros títulos adjuntos que privatizan su proyecto. Es importante porque es la forma más simple de llevar vacunas a África y a una disposición global, relativamente accesible.

La contradicción es que las farmacéuticas se han llevado las manos a la cabeza al no poder competir por tan preciado botín. Tanto se han escandalizado, que han decidido no compartir un producto no rentable en el continente más necesitado, aquí entra la ética. Lo que viene a continuación es opinión personal mía y solo mía, únicamente deseo que nadie se ofenda. La pregunta que me planteo es, ¿cómo puede una empresa negar las condiciones mínimas a cambio de retribución? Ni es ético ni es moral, pero aún surgen más dudas: ¿por qué y para qué trabajan? No trabajan, por lo que la noticia indica, para hacer un mundo mejor gracias a sus servicios, se tratan pues, de los grandes mecenas de la ciencia. Aquellos que por participar en su incentivación económica se creen con derecho de matar sus soluciones.

El Dr. Patarroyo en una conferencia.

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