La semana empezaba con un artículo científico que era abordado por los medios con el más puro sensacionalismo mediático. Lejos de dar una reproducción crítica y científica muchos programas se han dedicado a preguntar lo que muchos quieren oir: podemos ser inmortales.

El artículo en cuestión trata de la investigación española en terapia génica que ha conseguido hacer a estos roedores hasta un 24% más longevos. Puestos a buscar noticias, el hecho de que una investigación científica dé fruto en éste país y los científicos responsables puedan vivir de ello me parece más que remarcable. Que para postre parte de él haya sido financiado por el estado ya es de portada mundial, televisión y Trending Topic si me apuráis.

 El prodigio en sí ha sido publicado desde el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas en la   revista EMBO Molecular Medicine. La idea de todo el proceso ha sido conseguir que las células de roedores de entre 1 y 2 años de edad generen telomerasa. La telomerasa es una encima presente en todos los mamíferos durante la etapa fetal que luego será desactivada salvo en algunos casos de células madres poco diferenciadas. Su mecanismo de acción consiste en regenar total/parcialmente los moldes replicativos en cromosomas. Ésto quiere decir, que durante la replicación de cromosomas eucariotas lineales se pierden progresivamente los extremos o telómeros, reduciendo así el contenido genómico. La pérdida es progresiva y se considera un marcador de la edad consistente, por eso, consiguiendo que la telomerasa actúe durante más tiempo se puede alargar la longevidad ya que permite replicar más genes.

Como he escrito antes, el ensayo se dió con individuos de mediana edad (1 año) y de edad más avanzada (2 años). En los primeros el aumento de la longevidad fue considerable, el 24 % ya mencionado, mientras que en los siguientes fue de alrededor del 13%. Se necesita tan solo una única intervención con la telomerasa para que ésta haga el resto.

Uno de los riesgos que presentaba de antemano la investigación era la posibilidad de desarrollar células cancerígenas, que la telomerasa activara replicativamente algunas células y éstas se dividieran sin patrón a un ritmo superior al estándar. Aunque a efectos  empíricos realmente sucede, no se acumulan un número de multiplicaciones significativo para afirmar tal patología.

Descartando la curiosidad e importancia genética y encimológica del asunto el mediatismo ha ido un poco más allá y pregunta si se podría hacer en humanos y por consiguiente si se podría alargar la duración hacia un tiempo indefinido. La respuesta es no, lo dicen los científicos del estudio para apaciguar y lo sabemos desde hace bastante tiempo.

El primer punto reside en nuestro metabolismo, la oxidación aerobia acumula radicales libres que nos condenan a un final. Cada respiro es un aliento de vida del que no podemos prescindir. Los radicales libres pueden permanecer acumulados o bien alterando nuestras secuencias de DNA. Una vez cumplimos con la aerobia evolutiva no nos podemos deshacer de ella, aunque una superpoblación masiva de nuestra especie fueses suficiente para invertir o variar la composición atmosférica (una situación matemáticamente imposible a priori) acabaríamos extinguiéndonos.

El segundo punto es el rato mutacional, aunque nacemos con una dotación cromosómica definida, las mutaciones y errores genéticos que acumulamos al largo de nuestra vida nos provocan desórdenes y alteraciones que nos impiden continuar en un estado anterior al de éstas. Hay que destacar que los efectos exteriores que actúan en nosotros o epigenética también nos impiden remediar el deterioro genético que lleven o no a un envejecimiento si que son en su mayoría cambios irreversibles. Un ejemplo es el deterioro en la formación de colágeno y su efecto más inmediato en huesos y piel (envejecimiento directo).

Muy relacionado con el último punto encontramos la autoinmunidad, cuando nuestra línea de defensa empieza una purga en nuestro propio organismo. Se pueden considerar nuestras propias células como antígenos naturales que degradaremos nosotros mismos, una especie de autofagia incontrolada.

Por último quería hablar de la Ley de Hayflick. El orden de división celular es una marca que funciona a modo de constante de equilibrio entre juventud y vejez. Las células deben dividirse a un ritmo que permita sustituir las viejas para mantener el organismo en un estado neutro. Este ritmo va decreciendo con la edad de manera que no siempre hay regeneración neta con valor positivo y por lo tanto las células normales tienen un número máximo de divisiones posibles que llevamos inscrito en el código genético.

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